Música sin fronteras.
Por Marco Barrera Bassols
No hay música sin historia, ni historia sin música
Antonio García de León, El mar de los deseos.
Nunca he entendido a cabalidad por qué México es uno de los pocos lugares en el Mundo donde existe la tradición de presentar libros, por lo que siempre he pensado que lo mejor es leerlos y ya; es más, en su lugar, agradecería la existencia de una suerte de libro debates, como los cine club de debate a los que llegué a ir en mi infancia y adolescencia; aún así, debo confesar que comparto lo que seguramente algunos de ustedes están pensando en este mismo momento; en que los libros se paren y que esta es la oportunidad para desearles una buena vida y para brindar con los amigos, y en este caso para escuchar buena música también. Por ello me siento alagado de que Fernando Híjar me invitase a la presentación de este magnífico libro, escrito por gente a la que le interesa de verdad la música y los músicos. De hecho, confieso también, yo debí haber sido uno de los autores, pero mi actividad en el mundo de los museos me lo impidió.
Yo prefiero ser breve, entonces, y dejar que quienes comparten la mesa, abunden de manera más específica en los contenidos de los textos y hacer una reflexión más personal:
Sin ser especialista, siempre he estado rodeado de músicos, compositores, de melómanos y estudiosos profesionales de la misma. Por ello puedo afirmar que a quienes les apasiona la música, les interesa el corazón de la gente. Música sin Fronteras -que es pareja de un excelente disco del mismo nombre- es una muestra que se enmarca en la mejor tradición de la reflexión de la música mexicana como la escrita por don Vicente T. Mendoza o de autores contemporáneos como Antonio García de León, a quien me referí al inicio. El libro asume como tarea entender de la música lo que rodea, lo que la hace posible, con la peculiaridad de mirar fenómenos más específicos como el de la migración o el de la música y la identidad y en el que colaboran ensayistas, promotores, antropólogos y músicos. En su concepción misma aparece una mirada "multidimensional", como la califica en la introducción al libro Fernando Híjar, propia de los nuevos enfoques que dejando atrás los estudios estrictamente musicológicos, abrevan en la antropología, la sociología, le etnomusicología, la etnología y la lingüística, pero también -diría yo- en la historia.
Como museólogo, museógrafo, melómano e historiador, mi interés al respecto se ha centrado más en la promoción de la música como objeto de exhibición. Hace diez años, aquí mismo montamos la exposición anual Al son que me balies toco, senderos de la música popular mexicana. Ello fue posible gracias a la visión de Cristina Payán quien siendo directora de este museo murió ese mismo año sin ver concluido ese sueño compartido. Aprovecho la presentación de Música sin Fronteras para recordarla y rendirle un pequeño homenaje a quien me enseñara a leer y con quien mantuviera una intensa amistad y una colaboración profesional basada en la crítica y el apasionamiento, pero sobre todo reconocerla también y darle el lugar que se merece en la promoción de la música tradicional, en especial del son jarocho.
Debo recordar que en la planeación y producción de esa exposición colaboraron varios de los autores e impulsores de este libro como Rubén Luengas, Marina Alonso, Gonzalo Camacho y trabajamos con reflexiones de otros como Arturo Chamorro y entonces conocí a Lindajoy Fenley, y el propio Fernando Híjar formó parte del equipo de trabajo.
Entonces nos hacíamos muchas preguntas de las cuales encuentro en Música sin Fronteras múltiples respuestas, o me confirma algunas hipótesis que entonces nos planteamos acerca del son jarocho y que suponíamos compartía con otros géneros de la música tradicional mexicana como su perdurabilidad y la de una gran cantidad de géneros, tema que aborda Gustavo López sobre la música norteña en el capítulo El gringo y el mexicano en el cancionero de la migración a Estados Unidos, o sobre otras fenómenos y problemáticas.
Finalmente, creo yo, es el paso de una sociedad eminentemente agrícola, a otra fundamentalmente urbana, con procesos de migración constantes al interior y hacia la frontera norte, así como los cambios tecnológicos y el papel de las industrias culturales subalternas o marginales, lo que determina las características básicas en las que discurren cada uno de los capítulos del libro. En el libro hay textos más anecdóticos que otros, más personales si se quiere, pero todos denotan igual pasión por su temática.
Si hubiese existido una compilación de ensayos sobre el son jarocho como el que representa Música sin Fronteras cuando planificamos la exposición del son, seguramente hubiésemos podido hacer más conexiones de las que intentamos en ese entonces, o muchos de los supuestos hubieran podido ser expuestos con mayor claridad.
Quizás las únicas temáticas que a lo mejor yo hubiese agregado al libro, tienen que ver con dos asuntos:
1.- Las fronteras con el tiempo se mueven y la música que se quedó del otro lado con quienes fueron mexicanos y después norteamericanos en el siglo XIX es una historia poco difundida y trabajada. Esta historia es tocada tangencialmente cuando se habla de la música norteña, pero su extensión y su influencia fue mucho mayor a ésta y al corrido, tratado este último por José Manuel Valenzuela. Las influencias llegaron a tocar sensiblemente a lo que hoy se conoce como folk music en varios estados del sur y suroeste de los Estados Unidos. En el caso del Rock, Los Lobos y Las Iguanas, este último grupo proveniente de la Florida son expresiones también de esas raíces.
2.- El último tema es el papel que están jugando y que seguramente se incrementará de las nuevas tecnologías en materia de promoción, comunicación y creación de nuevas identidades, de debate y discusión de nuestras músicas y la posible inserción de estas en la formación de nuevos mercados y de posibles mercados justos de la música, sin intermediaciones.
A futuro
Con las migraciones actuales y las que vendrán producto incluso del Cambio Climático (los huracanes que devastaron Nueva Orleáns y sus alrededores son ya una muestra de ello) habría que esperar a ver qué surge de esos fenómenos. Me refiero, por ejemplo, a los mexicanos, guatemaltecos y haitianos, que en busca de trabajo terminaron viviendo en condiciones de neoesclavismo en la lenta reconstrucción de Nueva Orleáns, cuna de ciertas expresiones del Jazz, del Cajún e inserta en la matriz que dio origen también al blues. El libro, pues deja abierta esa venas que estoy seguro, con el empuje de gente como Fernando Híjar, no dejará de seguir esas huellas para nuestra mejor comprensión
| < Anterior |
|---|
Actualizado ( Viernes, 29 de Mayo de 2009 09:55 )









