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Llega la XXVI Feria del Tamal

XXVI FERIA DEL TAMAL2Llega la XXVI Feria del Tamal,

fiesta del platillo ritual de los pueblos originarios

  • La feria contará con la presencia de 50 productores de tamales; así como con especialistas y cocineros que participarán en conferencias, mesas de diálogo y demostraciones
  • El 2 de febrero, conocido como el Día de la Candelaria, marca la culminación de las festividades navideñas y el inicio del ciclo agrícola de los antiguos pobladores
  • Este alimento se colocaba en los altares como ofrenda a divinidades, entre ellas Coatlicue, Tezcatlipoca, Xilonen, Huitzilopochtli y a los dioses del agua llamados Tlaloques, a quienes se les solicitaba un año de lluvias y buenas cosechas

El tamal es un platillo que da identidad a los mexicanos y los identifica a su vez con habitantes de otros países del mundo. La Dirección General de Culturas Populares, Indígenas y Urbanas de la Secretaría de Cultura lo celebra con su ya tradicional Feria del Tamal, que en esta edición XXVI se llevará a cabo del 30 de enero al 4 de febrero en el Museo Nacional de Culturas Populares.

Con más de 370 variedades existentes –dulces y saladas– en nuestro país, esta fiesta culinaria enaltece la riqueza gastronómica de tan tradicional platillo de origen prehispánico, cuya base es el maíz. Participarán en ella 50 productores provenientes de Chiapas, Ciudad de México, Michoacán, Oaxaca, Tabasco, Tlaxcala, Estado de México, Veracruz y Yucatán; así como un grupo de productores latinoamericanos de Bolivia, Colombia, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Panamá y Venezuela, quienes ofertarán a los asistentes tamales típicos de su lugar natal.

Además de encontrar un sinfín de variedades de este alimento, los asistentes podrán degustar bebidas igualmente milenarias como el chocolate, el champurrado y atoles de distintos sabores. Simultáneamente, el público podrá conocer algunos secretos culinarios en mesas de diálogo, conferencias y demostraciones de la mano de cocineros y especialistas como Beatriz Ramírez Woolrich, Clara Aurora Hansen Valdez, Edith Monter Cuatianquiz, Fernando Retana Olivos, Leticia Esquivel Hernández, María Amparo Trujillo Jiménez y María de los Ángeles Cañas Sánchez.

Según marca la tradición, el tamal se elabora a base de masa de maíz, del cual se aprovecha su hoja para envolverlo –aunque también se utiliza hoja de plátano o hierba santa– y se cocina al vapor o asado. Los ingredientes del relleno dependen de la imaginación del cocinero, y van desde chile verde y rojo, pasas, piña, nueces, queso, cacahuate, pollo, cerdo y huitlacoche, hasta chaya, tuna, biznaga, nopales, frijoles, habas, sesos, birria, cazón, rana, conejo y otros elementos de cielo, mar y tierra.

El día 2 de febrero, conocido como el Día de la Candelaria, marca la culminación de las festividades navideñas, pero también el inicio del ciclo agrícola de los pueblos originarios. Esta fiesta popular se celebra con una “tamaliza” o “tamalada” en hogares, oficinas, restaurantes y espacios públicos, donde se degustan preparaciones de todos los sabores, colores y tamaños.

El festejo del Día de la Candelaria y la “tamalada” es resultado del sincretismo entre dos prácticas rituales: prehispánica y católica. Simboliza la purificación de la Virgen 40 días después del nacimiento del niño Jesús, donde su figura es llevada al templo junto con velas o candelas para ser bendecidas, con la creencia de que pueden ayudar en momentos difíciles. Del mismo modo, algunas comunidades llevan semillas y maíz para pedir por un año de buenas cosechas.

Esta celebración está relacionada también con la Rosca de Reyes –pan de dulce adornado con rodajas de fruta cristalizada– que se parte el 6 de enero, donde la persona que descubre la figura del niño Dios tiene que halagar a los presentes con tamales el día 2 de febrero.

Según el testimonio de fray Bernandino de Sahagún en su relato Historia general de las cosas de Nueva España, el tamal estaba ligado a los festejos en honor a ciertos dioses durante los 18 meses que conformaban el calendario mexica.

En ceremonias y fiestas, este platillo se consumía entre los habitantes y se colocaba en los altares como ofrenda a divinidades como la diosa Coatlicue; en festividades dedicadas a Tezcatlipoca y a los difuntos; en honor a Xilonen, diosa del maíz tierno; Huitzilopochtli, dios de la guerra; Mixcóatl, dios de las tempestades; al dios del fuego Xiuhtecuhtli y, finalmente, el 2 de febrero a los dioses del agua llamados Tlaloques, a quienes se les solicitaba un año de lluvias y buenas cosechas.

Usos rituales del tamal en distintas regiones del país

En su libro Navidades mexicanas, editado por la Dirección General de Culturas Populares, Indígenas y Urbanas, la investigadora Sonia C. Iglesias y Cabrera afirma que el uso ritual del tamal subsiste hasta nuestros días, aun cuando “la religión y los dioses han cambiado y, en ocasiones, se han sincretizado en algunas culturas indígenas. El consumo de este alimento mantiene un carácter ceremonial en diversas fiestas populares, aparte de la mencionada de la Candelaria”.

Lo anterior se refuerza con la vigencia de preparaciones como el tapataxtle, tamal de 50 o 70 centímetros de largo que se elabora en Huejutla, en la Huasteca hidalguense, el cual, según la autora, se emplea para curar las malas artes de la brujería, de ahí que su nombre signifique en lengua náhuatl “tapar o cubrir el mal”.

Por su parte, en San Luis Potosí se cocina el zacahuil, tamal grande envuelto en hojas de plátano que contiene un cochinito o un ave enteros. La palabra proviene del náhuatl zacatl que significa “envolver”, y huilotl, que quiere decir “tórtola”. Se consume en bodas, Día de Muertos y otras celebraciones desde la época prehispánica. También está el patlashe o bolim, tamal que acostumbran los nahuas de la Huasteca potosina, relleno de pollo o guacamole y que es consumido en festividades especiales.

El mucbipollo o tamal de pollo, pavo o puerco, propio de Campeche, se prepara para la ofrenda del Día de Muertos. En Quintana Roo, a su vez, se elabora el chachacwal, tamal de axiote, carne y chile, envuelto en hojas de plátano, que se sirve en fiestas importantes. Para los carnavales de Veracruz, se prepara el tamal de cazuela y el tamal suave de bola o tamal colado para las bodas. En Querétaro se guisa el tamal de muerto con masa de maíz azul, rellenado con queso y chile ancho, el cual, antes, recetaba el curandero del pueblo al enfermo para aliviarlo de alguna enfermedad.

De igual manera, en el centro del país se cocina el etamal, tamal de frijol originario de Xochimilco, Ciudad de México, que se come especialmente en Semana Santa. El tamal de ajo, de Texcoco, Estado de México, se elabora para las fiestas de las mayordomías; los tamales de semilla de huauzontle son especiales para Semana Santa, y el tamal blanco de anís, se coloca en las ofrendas de Día de Muertos.

La XXVI Feria del Tamal se llevará a cabo del 30 de enero al 4 de febrero, de las 10:00 a las 20:00 horas, en el Museo Nacional de Culturas Populares, ubicado en Av. Hidalgo 289, Col. Del Carmen, Del. Coyoacán, Ciudad de México. La entrada es gratuita.

MAB

Gonzalo García Cedillo, el trovador del pueblo

Gonzalo García Cedillo, el trovador del pueblo

  • Dedicado también a la labranza y la ganadería, el cantautor plasmó en sus temas la belleza del campo mexicano
  • Sus composiciones han sido interpretadas por artistas como Antonio Aguilar, el Mariachi Vargas de Tecalitlán y Los Cadetes de Linares

Un 10 de enero de 1932 nació en Xochimilco el compositor Gonzalo García Cedillo, quien, como el nombre del lugar que lo vio nacer -cuyo significado en náhuatl es “tierra de labranza”- desde pequeño se dedicó a las labores del campo.

Fueron sus padres, Claudio García y Gregoria Cedillo, quienes le enseñaron el apego por el trabajo de la tierra, el cual transmitió a los nueve hijos que tuvo con Asunción Ramírez Jiménez, su esposa. Con ella se fue a vivir a San Salvador Cuauhtenco, Milpa Alta, donde comenzó a darle forma a sus composiciones y melodías. 

“Teníamos un establo con vacas. Las atendíamos y después de darles alimento mi padre iba por una libreta y empezaba a escribir. Después de dos o tres horas, comíamos toda la familia reunida y, luego de reposar los alimentos, tomaba su guitarra y comenzaba a ponerle música a sus letras”, recuerda Javier García Ramírez, el sexto de sus hijos.

Con estrofas y versos que plasmaban la belleza del campo mexicano, sus composiciones poco a poco fueron conociéndose entre su círculo de amigos, algunos también compositores. Su primer tema grabado fue Mi Chatita, por el cantante de ranchero Alberto Álvarez. Esta pieza posteriormente fue interpretada por artistas como Esteban Velázquez, el dueto San Martín, Lupe y Polo, Javier Herrera, y el Mariachi Fama, entre otros.

Su segunda melodía grabada en el género de bolero fue Un beso de fuego, también por el Mariachi Fama en 1972, seguida este mismo año por Tu ausencia”, por el grupo de música norteña Los Alegres de Terán y, posteriormente en 1978, por Los Gallitos del Sur.

“En las reuniones del pueblo mi papá manejaba las palabras no como un político, sino como un poeta para que sonaran diferente. A los eventos que asistíamos le gustaba cantar sus temas y la gente se preguntaba: ¿De dónde es esa música”, refiere Javier García, igualmente compositor.

Un nombre muy importante en su trayectoria fue el también autor Benjamín Sánchez Mota, quien le producía sus discos “y le ayudaba para que las melodías salieran”. Sus canciones así fueron incorporándose al repertorio de otros artistas, como Los Rancheritos de Topo, Los Rancheros de Terán de Lupe Reyes, o Los Viajeros del Norte, hasta llegar a ser interpretado por exponentes como Antonio Aguilar, Los Cadetes de Linares o el Mariachi Vargas de Tecalitlán.

“Mi mamá aún vive. Tiene 85 años y quiero que ella participe en este proceso de reconocimiento de la música de mi padre. Él murió a los 52 años, cuando yo tenía 14. No escribió en un solo género ni se quedó en un solo ritmo, esa fue su virtud y la ventaja que tuvo para que sus temas trascendieran”.

El paseante, Nada me importa de ti, Fue un viaje de placer –que habla de sus recorridos por el Metro Taxqueña–, No te rajes corazón, Sólo fue un sueño y El sureño alegre son otros de los temas que han sonado en la radio no sólo de México, sino también en el extranjero.

“Me sorprendió mucho cuando me entregaron registros de su música en la radio de España o de Perú. En 2017 cumplió 33 años de muerto. Mucha gente que ha escuchado sus temas los piden, pero no saben de quién son”, añade su hijo.

Y concluye: “Tiene alrededor de 60 composiciones registradas, y entre 100 y 120 están pendientes de registro. Para mí su legado más importante es que su obra trascendió a las otras generaciones, con piezas que se quedaron ya en la historia”.

EOV

El fin de año de las poblaciones originarias significaba el cambio de autoridades tradicionales

El fin de año de las poblaciones originarias significaba el cambio de autoridades tradicionales

  • Cada invierno se lleva a cabo en la mayoría de las comunidades indígenas de México el cambio de poderes, simbolizado por varas o bastones de mando
  • El calendario religioso o festivo de estos pueblos está estrechamente relacionado con el ciclo agrícola
  • Entre las principales poblaciones que han sincretizado sus ceremonias propias con el festejo del año nuevo gregoriano, se encuentran los rarámuris o tarahumaras, los tzotziles, los huicholes, los chamulas y los otomíes

2007 7819Las culturas precolombinas, en su interacción con la naturaleza, desarrollaron una cosmogonía basada en ceremonias y rituales que les permitió conformar sus principales calendarios.

Con la Conquista y la Evangelización, estas celebraciones sufrieron muchos cambios, adaptándose a estos ritos las festividades religiosas cristianas. Con ello, las poblaciones indígenas adoptaron el calendario occidental o gregoriano y ajustaron en él sus antiguas creencias.

Uno de los principales festejos de las poblaciones indígenas producto de este sincretismo es el cambio de poderes, de varas o de bastones de mando, para conmemorar la renovación de autoridades.

Las llamadas “Autoridades Tradicionales” tienen un peso muy importante en las comunidades. Son elegidas por su prestigio, reconocimiento, sabiduría, trayectoria o valores éticos, y reciben nombres distintos: Consejo de ancianos, fiscales, mayordomos, topiles, gobernadores y comuneros, entre otros.

“Las autoridades anteriores a la Conquista tenían varias características que subsisten todavía entre sus descendientes en México. Respondían a su "calpulli" o barrio. Cada barrio tenía un gobierno propio y era más o menos independiente. Eran los ancianos de cada barrio, reunidos en consejo, los encargados de nombrar a los funcionarios responsables de llevar a cabo sus instrucciones en la comunidad”, señala la investigación "Usos y Costumbres en Comunidades Indígenas y Procesos Políticos-electorales”, de la Dirección Ejecutiva de Capacitación Electoral y Educación Cívica del Instituto Nacional Electoral.

En la actualidad, estas autoridades son consultadas para tomar decisiones y fungir como mediadores de conflictos. Se eligen mediante asambleas comunitarias cada inicio de año, aunque no existe un modelo general para su organización y representación.

Las autoridades tradicionales coexisten y comparten poder con las autoridades oficiales: síndicos, comisarios o presidentes municipales. Ambas pueden articularse en sus funciones, por ejemplo, las autoridades tradicionales gobiernan hacia el interior de la comunidad, y las oficiales trabajan en relación con instituciones estatales externas.

De esta manera, el rol de las autoridades comunitarias, simbolizadas con el bastón de mando o vara, es muy importante, ya que de ellas depende la transmisión de los conocimientos ancestrales para mantener la armonía y conducir a la toma de decisiones. A partir de este diálogo y el consenso colectivo, con la asesoría del Consejo de Ancianos, se fortalece la identidad, la equidad y la democracia de los pueblos indígenas.

El hecho de que esta renovación de poderes se lleve a cabo cada inicio de año, tiene que ver con que es época propicia para los cambios, para proponer metas y establecer propósitos. El proceso está relacionado con el fin del ciclo agrícola –periodo de sequía–, cuando el sol tiene menos fuerza, es época de fríos y la tierra empieza a prepararse para el siguiente periodo de fertilidad.

Aunado a esto, la mayor libertad de culto, de creencias y de prácticas religiosas ha hecho que muchas poblaciones indígenas retomen sus ritos y ceremonias antiguas. Entre las principales poblaciones que han sincretizado sus ceremonias propias con el festejo del año nuevo gregoriano, se encuentran los rarámuris o tarahumaras, los tzotziles, los huicholes, los chamulas y los otomíes.

“En la región tzeltal-tzotzil perduran, posiblemente como en ninguna otra parte de México, dos grupos distintos claramente definidos, a saber: los que reclaman directa o indirectamente ser descendientes del núcleo conquistador y que a sí mismos se apellidan ladinos o latinos, y la masa indígena, vencida y subordinada, a la que se denomina indios", refiere Gonzalo Aguirre Beltrán en su libro “Obra Antropológica IV. Formas de Gobierno Indígena”.

Y añade: "Existen las autoridades políticas, las religiosas y las eventuales. Las autoridades políticas son electas por consenso y duran todo el tiempo que el pueblo quiera, aunque se tienden a ajustar ahora a los tiempos constitucionales, y su función es la resolución de los conflictos en la comunidad. Las autoridades religiosas no son electas, sino se constituyen como autoridad por la vía de los hechos, acumulando prestigio con el tiempo, y su función es casar, curar e interpretar los sueños. Las autoridades eventuales, por último, son electas como su nombre indica para ocasiones especiales”.

El hecho de que el calendario festivo esté estrechamente relacionado con el ciclo agrícola, provoca que muchas de estas celebraciones sean en realidad ritos indígenas hacia las fuerzas de la naturaleza y sus periodos o temporadas de lluvia, de siembra y de cosecha.

Entre los cambios de poderes más significativos se encuentra el de los huicholes. Para este pueblo, las varas no sólo son una representación del poder, sino que simbolizan el poder mismo. Cada vara representa una deidad y ellas son las que transfieren el poder a los ancianos.

Esta renovación de autoridades tradicionales se convierte en la mayoría de las comunidades en una verdadera fiesta, tanto para agradecer a los mandos salientes como para dar la bienvenida a los nuevos.

Primer Encuentro Nacional de Maromeros

Primer Encuentro Nacional de Maromeros

  • Acróbatas, equilibristas, payasos, trapecistas y músicos de banda participan en esta expresión artística en la que se fusiona la esencia religiosa y festiva
  • Compañías de maromeros de los estados de Veracruz, Guerrero, Oaxaca y Puebla se reúnen para compartir experiencias

MAROMEROS 4Por primera vez artistas de la maroma, expresión ritual y festiva que se lleva a cabo durante las fiestas patronales en el sur de México, se reúnen con motivo del Primer Encuentro Nacional de Maromeros en Cuautinchán, Puebla, el 6 y 7 de enero. Se trata de equilibristas, acróbatas, payasos, trapecistas y músicos de banda.

“La maroma es un patrimonio vivo en constante evolución, que ha demostrado una persistencia cultural en el mundo moderno”, comentó en entrevista la etnóloga Charlotte Pescayre, creadora y responsable del proyecto Correspondencias Maromeras en el que participan compañías maromeras de Veracruz, Guerrero, Oaxaca y Puebla.

El encuentro es el cierre del proyecto, que contó con tres Correspondencias Maromeras durante los meses de abril, mayo y octubre del 2017. El propósito de su realización es la salvaguardia de la continuidad de esta práctica tradicional en su contexto festivo y religioso.

“Correspondencias Maromeras fomenta el diálogo intercultural e interregional en México. Se sustenta en la cooperación entre las diferentes compañías conscientes de la importancia de la maroma como patrimonio cultural de sus pueblos”, comentó la organizadora.

La práctica de la maroma se manifiesta como una ofrenda hacia una divinidad, generalmente al santo patrono del pueblo o como pedimento a una divinidad local, según cada región, explicó. En cuanto al elemento festivo, este espectáculo convoca a la reunión entre los habitantes del lugar, quienes se divierten con las destrezas de los artistas de la acrobacia y la comedia.

Pescayre comentó que tanto las Correspondencias como el Encuentro Nacional tienen como objetivo “reforzar la cooperación entre las diversas compañías de maromeros que vienen de culturas muy diversas, como la mixteca, zapoteca, mixe y nahua. Es una oportunidad para que se conozcan -ya que la comunicación entre ellos era casi nula- y a su vez se genere un intercambio cultural a largo plazo”.

La investigadora y también equilibrista, desde hace más de una década, agregó que esta reunión nacional obliga a abordar el tema del riesgo de desaparición de la maroma, pues, dijo, “se ha identificado la dificultad para mantener la cadena de transmisión del conocimiento a las nuevas generaciones en algunas regiones, combinado con un fuerte índice de migración de la población rural. Aunado a ello, esta expresión cultural se enfrenta a su empleo con fines comerciales, en un contexto turístico”.

Correspondencias Maromeras es el proyecto ganador del año pasado de los Fondos Concursables del Centro Regional para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de América Latina (CRESPIAL), instancia cuya presidencia del Consejo de Administración recae en México, durante este año, a través de la Dirección General de Culturas Populares, Indígenas y Urbanas de la Secretaría de Cultura.

A decir de la responsable de estos intercambios, la historia de la maroma en nuestro país se remonta desde el siglo XVI, donde algunos elementos de origen prehispánico y de artistas europeos se fusionaron para dar paso a este espectáculo, el cual con el tiempo se ha ido transformando, excepto en su esencia religiosa y festiva.

“En la Ciudad de México tuvo una presencia muy fuerte en los siglos XVIII y XVIII, antes de que llegaran los circos. Cuando esto sucedió, la práctica se trasladó a las poblaciones más pequeñas al sur de México”, argumentó Pescayre.

Para la construcción de este vínculo entre los maromeros y que las mismas comunidades  revaloraran la figura de estos artistas dentro y fuera de su tierra, se llevaron a cabo tres Correspondencias Maromeras. La primera de ellas fue en abril, en el municipio de San Miguel Amatitlán, región mixteca de Oaxaca. Estuvieron como invitados el colectivo de Cuautinchán Puebla y Transatlancirque, compañía a cargo de Charlotte Pescayre quienes compartieron e intercambiaron experiencias en torno a esta disciplina artística.

La segunda correspondencia sucedió en Santa María Tlahuitoltepec, en la región mixe de Oaxaca, donde actuaron los maromeros zapotecos de Santa Teresa, Veracruz. Acudieron más de 50 maromeros a los talleres previos y se presentó un libro dedicado a la memoria del colectivo Comuneros del Viento, quienes festejaron su 25 aniversario.

La tercera correspondencia se desarrolló en octubre, en Santa Teresa, Sochiapan, en Veracruz, con la participación de los maromeros oaxaqueños de San Miguel Amatitlán, así como la compañía Transatlancirque. Además de las funciones dentro de la fiesta patronal de esta localidad, se exhibió una exposición fotográfica con la cual también se contará en el Encuentro.

El Primer Encuentro Nacional de Maromeros se llevará a cabo el sábado 6 y domingo 7 de enero de 2018 en la explanada municipal de Cuautinchán, Puebla. La fiesta se inaugurará el sábado a las 12:00 horas, con los Maromeros de Acatlán Guerrero, acompañados de la banda de viento Cheto Jr. y su banda ZitlalTK. A las 20:00 horas actuarán los Maromeros y trapecistas Comuneros del Viento de Tlahuitoltepec, Oaxaca, con la banda de viento Kalok liy.

El domingo 7, a las 14:00 horas, se presentarán los anfitriones del lugar, los Maromeros de Cuautinchán, Puebla. Después, a las 16:00 horas, exhibirán sus números artísticos las compañías Maromeros Zapotecos de Santa Teresa, Veracruz, acompañados de “Flautín” de San Francisco Rancho Nuevo, de Acatlán, Puebla; y Transatlancirque con la banda de viento Kalok liy. La entrada es libre.

Las fiestas navideñas, expresiones de sincretismo, comunidad e identidad

Foto vivirentlatelolcoLas fiestas navideñas, expresiones de sincretismo, comunidad e identidad

 

· El día 24 de diciembre, rodeados de adornos, junto al Nacimiento y el árbol de Navidad, los posaderos ofrecen a los peregrinos ponche, frutas de temporada, antojitos y otros alimentos tradicionales

Desde hace más de 400 años, las fiestas navideñas son una expresión que ha acompañado al pueblo mexicano. Históricamente constituyen un factor de sincretismo, pues en ellas se conjuntan elementos de la tradición indígena, europea, e incluso, china. Es el caso del Nacimiento, la Rosca de Reyes y las piñatas. Sin embargo, las posadas, villancicos y pastorelas, con sus particulares expresiones, son aportaciones culturales de nuestro país, y símbolo de identidad. Sor Juana Inés de la Cruz escribió varios villancicos durante el siglo XVII.

A partir de las posadas, las festividades navideñas convocan a la reunión con la familia, amigos y vecinos. En palabras de la etnohistoriadora Amparo Rincón Pérez, jefa de Arte Popular de la Dirección General de Culturas Populares, Indígenas y Urbanas de la Secretaría de Cultura, las posadas, que inician el 16 y concluyen el 24 de diciembre con el Nacimiento del Niño Jesús, simbolizan los nueve meses de embarazo de la Virgen María.

De acuerdo con la etnohistoriadora, en México el origen de las posadas data de 1587, cuando fray Diego de Soria, prior del Convento de San Agustín de Acolman, en el Estado de México, le pidió una bula o permiso al Papa Sixto V para celebrar las misas de aguinaldo, que tenían como propósito persuadir a todo el pueblo a participar en la celebración de la Navidad o Nacimiento de Jesús.

Siglos más tarde, en el XVIII, se adoptó la costumbre de designar a nueve vecinos para que organizaran las posadas y que una procesión llegara a sus casas en compañía de imágenes de la Virgen y San José. “Para hacer más alegre la

recepción, se crearon las letanías –cantos para pedir y dar posada–. Ambos grupos, los peregrinos y los moradores, las entonaban”, comentó la etnóloga.

El ritual de los cantos concluye cuando se abren las puertas a los peregrinos para darles alojo. Pero la fiesta no termina ahí. Los posaderos reciben a los visitantes con una gran bienvenida, entre luces de bengala y silbatos. Rodeados de adornos, junto al Nacimiento y el árbol de Navidad, les ofrecen el tradicional ponche, bebida caliente preparada con frutas de temporada; además de antojitos y otros alimentos como los buñuelos con piloncillo o azúcar. Los anfitriones regalan a los asistentes dulces de colación multicolores, rellenos de cacahuate o cáscara de naranja.

Pastorela CNDF Teatro de las Artes 2o Luces de Invierno ALR 0547BUno de los momentos cumbres de este festejo, que con el paso del tiempo la población lo ha llevado a las calles y vecindarios, es la costumbre de romper la piñata.

En palabras de Amparo Rincón, “Hay quien dice que fue Marco Polo, el famoso navegante veneciano el que llevó la piñata de China a Italia, donde se denominó pignata. De ahí viajó a España, hasta que llegó a México junto con la Conquista y la colonización”. La otra versión de la tradicional piñata –estrella de siete picos elaborada de barro o cartón– es que llegó a nuestro país en la Nao de China, también llamada Galeón de Manila: nave española que atravesaba el océano Pacífico una o dos veces al año entre Manila, Filipinas, y los puertos de la Nueva España).

Aún sin conocer cuál de estos dos relatos es el verdadero, la investigadora asegura que todos los estudiosos están de acuerdo en que proviene de China. En esta nación elaboraban figuras de vaca, buey o búfalo que cubrían con papeles de colores y se les colgaban instrumentos agrícolas. El relleno consistía en semillas, que se esparcían cuando los mandarines, jerarcas de la China imperial, las golpeaban con unas varas hasta romperlas.

“La piñata llegó a México, a Acolman, donde nacieron las posadas, y luego se extendió por todo el país. Su uso no tenía que ver con la diversión, sino con fines evangelizadores: se ligaba al demonio. Su forma representaba los siete pecados capitales y lo vistoso de sus colores era para atraer a los mortales”, argumentó Rincón Pérez.

La etnohistoriadora citó al escritor Edgar Anaya Rodríguez, quien justificó el significado de romper la piñata: “Debía ser destruida a palos con la venda de la fe en los ojos hasta obtener la fruta de su interior: el premio a la fuerza de voluntad ante la maligna tentación”.

Con el paso del tiempo, la práctica de romper la piñata adquirió una razón más festiva, incluso está presente en otros momentos, como en los cumpleaños. Su contenido también se ha diversificado –además de fruta, hay quienes la rellenan de dulces, juguetes y otros objetos–. En cuanto a su forma, ahora depende de la creatividad de los artesanos que las elaboran, lo mismo sucede con el Nacimiento, igualmente característico en estas fechas.

La costumbre de colocar el Nacimiento, dice Amparo Rincón, “se remonta hasta el año 1223, cuando San Francisco de Asís celebró la Navidad en un pueblo italiano llamado Greccio, donde preparó un pesebre e invitó a la gente a participar en una especie de representación. La idea se popularizó rápidamente en todo el mundo cristiano”.

La estudiosa refiere que este concepto fue llevado por primera vez al barro a finales del siglo XIV, en Nápoles. Luego, el Nacimiento tradicional como hoy se le conoce, se extendió por toda Italia y España. “En México esta costumbre fue adoptada desde el siglo XVI con el propósito de que los pueblos originarios conocieran y participaran en este acontecimiento”.

Aunado a lo anterior, esta tradición se enriqueció con elementos propios de algunas comunidades de México, como el paisaje, la flora y la fauna. Mucho tuvo que ver la creatividad y producción artesanal, de la cual la investigadora afirma: “Cobró mucha importancia, especialmente en el siglo XX. El Belén –compuesto por la Virgen, San José y Jesús– y el Nacimiento –con la escena completa– comenzaron a ser representados con diversas técnicas y materiales: barro, madera, piedra, fibras vegetales (como la palma, ixtle, tule, hoja de maíz), vidrio, metal y textil”.

Otros personajes como el diablo, los ángeles y los pastores, también se convirtieron en protagonistas de lo que en México se le conoce como pastorelas, representaciones escénicas en las que se narran las peripecias que encaran los fieles pastores para llegar a adorar al Niño Jesús.

“En su camino a Belén, los pastores se encuentran con el demonio, quien, para evitar que lleguen hasta su destino, les presenta muchos obstáculos, trampas y tentaciones contra las que tienen que luchar”, explicó Amparo Rincón, y comentó que se sabe que la primera representación en México de una pastorela fue en Zapotlán, Jalisco, donde se enfrentaron San Miguel y Lucifer.

La pastorela, como obra de teatro –añadió la investigadora–, nació en el siglo XIX, con José Joaquín Fernández de Lizardi, autor de la obra La noche más venturosa, que se representó con actores profesionales y un lenguaje culto, distinto al empleado por los pastores. Al tiempo, la historia se nutrió de humorismo involuntario, irónico y pícaro, propio del mexicano. Al igual que antes, ahora también se presta para hacer crítica política y social.

Estas fiestas navideñas, sin duda, son una expresión de convivencia y unión entre la comunidad, así como parte de una nación pluricultural. Aunque a lo largo del tiempo se han transformado y adaptado, continúan siendo prácticas que nos distinguen en el mundo, concluyó Rincón Pérez.

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