Urbanómadas
Por Fernando García
Recién llegado estaba a la escritura en aquella primaria pública que dormía el sueño de los justos entre bosques de eucaliptos y pinos, allá al pie de la montaña donde temprano se acuesta el sol. Había transcurrido muy poco tiempo de nuestra llegada a la ciudad de México y el olor a mar aún merodeaba en mi piel morena.
Como un sello en el alma, la rebeldía incandescente me iluminó, mi destino, el de mi generación, fue marcado por todos los fuegos de la libertad.
Quizá sea porque aprendí a deletrear en las paredes frases contundentes: "prohibido prohibir" o porque la tarea recorría la misma distancia entre el rock de los Doors y la Jarana de mi abuelo, o porque al paso de los años me descubrí hijo adoptivo de una muchacha de la que diría su médico "esta chica antes de cumplir los veinte años acabará en la cárcel o en el manicomio", sí Janis Joplin, o porque crecí al compás de esta ciudad y la hice mía al dejarme gravitar en su pulso, al descubrirla tan magnífica en su caos, tan plena en su eterna vigilia.
Todavía las barrancas plenas de sueños eran territorio indómito, corrientes terrestres para surcar las tardes en las que después de bucear salvajemente en el arroyo y dormir un rato de cara a las estrellas jugábamos a descubrir el secreto de los camaleones que brincaban bien locos en el slam.
El rock llegó con la literatura, después inevitablemente el cine y el arte. Y fueron tiempos difíciles porque hasta nuestra sed de conocimiento y libertad llegó la autoridad con sus límites y su violencia: a todos nos llamó panchitos, eufemismo que designa a los jóvenes indígenas migrantes que habían aprendido a gritar: "queremos la libertad y la queremos ahora".
"Se está muriendo toda la gente que antes no se moría", dijo algún escritor ya por todos olvidado, así que todos hemos muerto un poco desde entonces con cada uno de los que se fueron, porque el presente jamás fue una concesión, siempre supimos pagar con sobreprecio el aire que respiramos. Del mismo modo hemos vivido con furia, creciendo a contracorriente de todos y todo. Orgullosamente indígena, urbanómada de tiempo completo, rockero y anarcolibertario, y, aunque los tiempos han cambiado mucho, hay quien piensa que debemos quedarnos en el concepto que nos designe el diccionario (una foto en tecnicolor para el pequeño Larousse ilustrado) o los estudiosos del folclor, y para no darle más vueltas al asunto sólo te diré que todos los pueblos originarios del mundo nos reconocemos por igual en lo auténtico, el espejo que nos refleja en los otros; lo que habla por nuestro corazón: Sex Pistols, Mozart, Tamayo, los Jaraneros de mi pueblo o Efraín Huerta. La cuestión real es qué tan grandes son tus sueños.
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Actualizado ( Jueves, 11 de Junio de 2009 06:54 )









