Al traste con el buen gusto
Privilegiando lo pequeño o sobre cómo dar al traste con el buen gusto en los medios de comunicación.
Ponencia presentada por Daniel Iván, Director General de La Voladora Radio, en la mesa "El abanico sonoro de la radio" durante el II Seminario Internacional de Modelos de Radio y Televisión Educativa y Cultural
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¿Alternativos o sólo nativos alterados?
Cuando nos piden que definamos lo que hacemos, mal intencionados como somos, recordamos el cuento mínimo de Michael Ende, aquel donde cierto insecto de cuyo nombre no podemos acordarnos le pide al señor ciempiés que le explique cómo rayos lleva a cabo su danza. ¿Mueve acaso primero el vigésimo noveno pie para luego pasar a mover el trigésimo octavo, luego el duodécimo y remata con el quincuagésimo séptimo? ¿O es exactamente al revés? Como recordarán ustedes, el señor ciempiés queda pasmado ante la pregunta, porque nunca antes se había puesto a reflexionar sobre el tema. Intenta moverse y, al tiempo, analizar su arte. No lo logra una primera vez, ni una segunda, ni nunca. El ciempiés ha dejado de bailar para siempre, para dedicarse ahora a moverse torpemente para intentar entender cómo es que se mueve.
Nos acordamos de esto por dos cosas. La primera, porque como radio comunitaria tenemos el incierto honor de ser analizados cada tanto por académicos, estudiantes, revolucionarios, organizaciones no gubernamentales y parapsicólogos. Y todos ellos inician su indagación con La Pregunta: ¿qué los hace diferentes a otros medios? Desde hace muchos años, los que nos dedicamos a la Otra comunicación venimos lidiando con términos que intentan definirnos, casi todos ellos indefinibles, fantasmagóricos: alternativos, comunitarios, ciudadanos, del tercer sector, populares y, claro, en algunos casos hasta nos han definido como el lado oscuro de la fuerza.
La segunda razón por la que recordamos al señor ciempiés tiene que ver más con una cuestión de principios y con una afirmación atrevida: quien tiene perfectamente claro que es alternativo, que es vanguardista y nuevo y distinto, por lo regular no lo es.
Permítannos explicarnos.
Como el que generaliza absuelve, permítannos generalizar: nos referimos como alternativo a todo aquello que intenta definirse al margen de un stablishment, real o imaginario. Y no sólo esto, sino que le exigimos a lo alternativo ser contestatario con ese orden establecido, ya sea del orden político, artístico, o lo que sea. Hace un par de años, en Buenos Aires, sostuvimos una discusión muy ilustrativa con Natalia Vinelli, autora del libro "Contrainformación: Medios alternativos para la Acción Política". Tanto en el texto como en la discusión, Natalia sostenía que los medios alternativos deben contrarrestar el discurso hegemónico manipulador con un discurso contra-hegemónico manipulador. Citando a Hanz Magnus Enzensberger, Natalia nos vendía la idea de que""escribir, filmar o emitir sin manipulación, no existe. En consecuencia, la cuestión no es si los medios son manipulados o no, sino quién manipula a los medios. De lo cual se deduce que un proyecto revolucionario no debe eliminar a todos los manipuladores, si no que, por el contrario, ha de lograr que cada uno sea un manipulador"1.
Y nosotros que hablábamos de afirmaciones atrevidas.
Pero, viéndolo fríamente, ¿no es eso a lo que aspiran todas las vanguardias? ¿No es cada medio alternativo, cada artista alternativo, en realidad, como dicen los gringos, una hegemonía "waiting to happen", o sea, una hegemonía en espera de ser? ¿No es en realidad lo alternativo una categoría que requiere de un juego de espejos para existir? ¿No es uno alternativo, pues, únicamente si otro no lo es?
En La Voladora Radio, que es la pequeña radio comunitaria a la que me refiero cuando digo "nosotros", aspiramos a que la respuesta a estas preguntas sea negativa. Porque si fuera positiva, tendríamos que largar una pregunta alarmada: ¿qué rayos tiene eso de alternativo?
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¿Alterativos o Respondones?
De este pequeño conflicto conceptual, por decir, surge la segunda afirmación temeraria que hacemos nosotros para responder a la pregunta aquella, la que nos hacen siempre los que nos estudian. La retomamos:"¿Qué es lo que los hace distintos a otros medios".
Respondemos que nuestra proclividad al mal gusto. No nos hace distintos el tener un compromiso político, porque eso no sería muy lejano a lo que hacían los soldados del PRI en algún momento, pero en reversa; o como diría alguien más cínico, "sólo que al revés". No nos hace distintos tener un enfoque popular, porque hoy lo popular se debate entre lo que es "de la gente" y lo que es "para la gente", como si la gente fuera una entelequia. Así, hasta La Zeta podría ser una radio popular (y lo es, ¿no?). Tampoco nos hace distintos llevar a cabo un ejercicio contrainformativo, porque cada pieza de realidad ideologizada se convierte en información llana para quien la escucha y esa debería ser nuestra aspiración, a menos que seamos una de esas radios de intelectuales rojos que tratan de convencer a los convencidos.
No. Lo que nos hace distintos es, en corto no más, que no nos interesa el buen gusto.
Nos interesa que las personas (no la gente, sino las personas) hablen. Que las personas digan lo que sea que tengan que decir, sin importar que digan "dijistes" o "construistes", porque lo que importa es lo que fue dicho o fue construido. Que la comunicación no sea un derecho de los licenciados en comunicación, o de los comunicólogos, de los que hablan bonito y con voz engolada, sino un derecho de todas las personas. No un derecho de quienes tienen algo inteligente para decir, sino de todos aquellos que tienen algo para decir.
Y decimos, primordialmente, que nos interesa lo pequeño. Lo pequeño como un lugar desde el cual entender el mundo. La guerra cotidiana de una mujer que vende panza en el mercado de Amecameca. Las interesantes opiniones políticas de la doña de los tamales de afuera de la iglesia. Las angustias de las varias decenas de chicas que en la zona oriente del Estado de México han tenido que abortar este año (total, Ratzinger tiene al Observattore Romano). Las ilustrísimas biografías de los señores que en los sesenta, a ritmo de rock, ganaban torneos de básquetbol. Las peleas y derrotas de los muchos poetas y culturosos que se defienden con sus revistas independientes, con sus reuniones en cafés y sus lágrimas cotidianas. Los gritos de los que gritan gritando que otro mundo es posible. La voz de los chavitos que, saliendo de la prepa, con sus fajes clandestinos y sus barros en la cara, a su manera, también lo gritan.
Si en algo se define nuestro "ser distintos" es en esas voces, que al final ni siquiera son las nuestras. Si nuestro ejercicio de la radio tiene algo de vanguardista, no es que vivamos en la resaca del ProTools o que ocupemos recurrentemente la palabra "cool" o que podamos hacer de una flatulencia un efecto aceptable. Todo eso lo hacemos, no crean que no, pero no nos define. Lo que nos define es que tenemos el privilegio de ser una radio comunitaria, privilegiando lo pequeño.
Así, alteramos un orden establecido. Nos definimos más como alterativos que como alternativos. Más como indecentes que como contestatarios. Digamos que la imagen que a veces nos ronda la cabeza es esa sutil diferencia entre aquel que se enoja y va y grita, y aquel que levanta el dedo de en medio y se pone a trabajar en lo suyo. No decimos que lo uno sea más digno que lo otro. Es sólo que son modelos distintos de entender el mundo.
Hace algunos años, José Gutiérrez Vivó sacó una nota sobre las radios ciudadanas. Terminado el reporte, largó un indignado " ¿pero qué esta gente no sabe lo que cuesta tener un medio de comunicación?". Claro, él sólo defendía el buen gusto. Y acababa de inaugurar su edificio inteligente (cuando lo escuchamos decir esto, llegamos a la conclusión de que el edificio era más inteligente que él). Pero, como sea, nosotros le regresamos la pregunta con el mal gusto de siempre: ¿tendrán idea los poderosos de los medios de lo que le cuesta a nuestra democracia el que no haya cada día más medios ciudadanos, participativos, comunitarios, alternativos? Ya ni hablemos de los verdaderos "costos" de la democracia (no pondremos el dedo en la llaga de los gastos que en los medios electrónicos hacen los partidos políticos). Hablemos de la democracia de las calles, de la democracia de a pie (Saramago dixit). Y cada que una radio comunitaria abre y -lo otrora impensable- cada que una radio comunitaria obtiene su permiso, esa democracia gana.
Entonces brinca el sociólogo y dice: " ¿entonces se definirían como una radio democrática?". La respuesta es no. Nos definimos como una radio comunitaria. Y de ser comunitarios tenemos ese sentimiento profundo que no alcanza a ser una certeza, sino que está, gozoso, instalado en el ámbito de la aspiración.
Daniel Iván
A nombre de La Voladora Radio
1Enzensberger, Hans Magnus, Elementos para una teoría de los medios de comunicación, Anagrama, Barcelona, 1971, pags. 25-26.
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Actualizado ( Jueves, 11 de Junio de 2009 08:09 )









