El dibujante
Por Fernando García Álvarez
Mueve sus manos con delicadeza, se desplazan permeando el aire, zumbando entre el polen del sol de mediodía, susurrando trazos precisos, movimientos apenas insinuados, toques infinitos como pases mágicos. Toma la luz a puños y la arroja como si sembrara en el surco, y de sus conjuros brotan iguanas fantásticas, milpas fragantes, venados cubiertos de corales, armadillos antediluvianos, matas de maíz que despuntan sombras, mazorcas jiloteando parejo entre los surcos, y luego los pájaros arrítmicos que llegan en parvadas de ensueño, cubriendo el horizonte antes límpido, lejanía de blancura de nube.
Más tarde llegan los bailadores con sus sombreros de alas retorcidas por el viento, y una banda de músicos que vuelan en una vorágine de polifonías aterciopeladas.
Él creció en la sierra de Hidalgo, en San Nicolas municipio de Tenango de Doria, ahí donde también nacieron sus abuelos y padres, dice le enseñaron a saberse orgulloso de su lengua, el ñhañnu, a caminar descalzo por las cañadas y a beber esa agua fresca de los deslaves en la montaña. Más tarde se hizo maestro, y se descubrió inaugurando sonrisas con sus dibujos en el pizarrón del aula, y a manera de niebla el destino llevó el dibujo a su vida sin saber apenas como, sin mayores maestros que sus andares en los recintos de la sierra poblada por seres mágicos, por saberes antiguos.
Ezequiel Vicente José también hace historia a través de los dibujos que más tarde bordarán las mujeres de San Pablo el grande y San Nicolas, es el cronista de sus fiestas, ceremonias tradicionales y acontecimientos cotidianos. Ahí veremos la ceremonia de Pedimento del Agua, El Carnaval, las Bodas y Fiestas Patronales, la accidentada geografía de su entorno, los personajes y leyendas antiguas que viven en la memoria colectiva.
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